CONFESIONES



Debo confesar que estoy aterrada. Ella me perturba, me enloquece. Le gusta jugar conmigo, verme demente y perdiendo el control de mi misma, lo peor es lo que lo consigue. Presiento sus siniestros ojos glaucos clavados en los míos, su sonrisa perversa afecta mi cordura, flaquean mis rodillas, mis tobillos se vuelven inútiles y torpemente tropiezo en cada rincón de esta casa donde me convirtió en su prisionera. Siento que mi cabeza deja de funcionar; estoy mareada, me cuesta respirar, palpita mi corazón lentamente. Estoy a segundos de caer al piso sin razón ni conciencia, mientras sus  ojos todavía están perfectamente clavados en mí.

Tengo miedo, mucho miedo de caer, creo que ella podría matarme. No resisto más. Cierro mis ojos y mi cuerpo pesa toneladas. Cuando mi visión se estaba nublando y  veía el piso cada vez más cerca, sorpresivamente y de súbito ella quitó su vista de mí y giró la cabeza en respuesta al angelical canto de un pajarito, posado en el árbol firme y robusto que desde la ventana de la habitación se puede ver. Y como un esclavo que obtiene su libertad, ella me prestó la mía por un instante.
— ¡Ani, yo quiero cantar como este pajarito!  —dijo con una dulzura espeluznante, juntando sus manitos mientras suplicaba mi aprobación.
— Lo harás pronto pequeña, sólo tienes que practicar. — ¡Jamás me atrevería a contradecirla, jamás! Siempre le digo lo que quiere escuchar, con ello logro descanso y tiempo. No volvió a clavarme su desafiante mirada el resto del día.
Una mañana me dijo:
— Ani ¿Por qué no te casas con mi papito? ¡Yo quiero que tú seas mi mami! — temblando respondí
— Mi pequeña niña, ¡no tengo que casarme con tu papi para amarte como si fueras mi hija! —Me abrazó feliz, gritaba de alegría por mi respuesta, besaba mis mejillas y  frente. Pero en el instante que sus brazos me rodearon, el olor a piel chamuscada inundo la habitación, me fundía en el infierno, sus brazos eran llamas que ascendían por mis piernas calcinando lo poco que quedaba de mí. Yo suplicaba para que ella me soltara; su abrazo, sus besos y las imágenes demoniacas que ella plantaba en mi cabeza me están dañando profundamente.
— ¿Entonces vivirás para siempre conmigo Ani, en esta casa?  —Sus palabras, la forma como las dice no son las de una niña de cuatro años. Continuaba abrazándome, besándome y yo me perdía cada vez más en la hoguera. Debo escapar pronto o seré su eterna su esclava.
Una noche desperté a las tres de la mañana asustada, sentí mucho frio, las cortinas muy bien cerradas no permitían que entrara ni un atisbo de luz. Abrí los ojos en la oscuridad y su presencia lleno mi habitación, un escalofrío recorrió mi espina dorsal y escuché su voz.
— Si no eres mi mami, no te quiero ¡Arderás en el infierno!
Salte de la cama aterrada, me orine, encendí la luz y ella no estaba. No sé si fue real o lo soñé. Si he de seguir con las confesiones creo que finalmente ella consiguió su objetivo: estoy demente, obsesionada y paranoica.  No volví a conciliar el sueño ideando cómo me desharía de ella. ¡Podría envenenarla! Ella confía en mí y no duda de las comidas ni bebidas que le sirvo, pero me descubrirían rápido porque su padre es médico. ¿Quizás un accidente? ¿Cómo? si apenas puedo pisar el jardín con el peso y fatiga en mis piernas. Aun me encargo de bañarla y vestirla ¿Podría ahogarla?.
Me dirigí a la cocina para preparar su desayuno antes de despertarla, pero la condenada ya se encontraba ahí fresca y vestida.
— Ani, como dormiste poquito, me lave y vestí solita ¿Quieres? Te preparé un jugo de naranja para que te sientas mejor. —Estiraba sus manitos ofreciéndome el jugo ¿lo habrá envenenado? ¡No podía creerlo! Ahora estoy segura; ella está en mi mente y lee con claridad mis pensamientos.
Tomé  sorbos cortos del vaso, pero en el instante que miró hacia otro lado rápidamente lo volteé por el lavaplatos. Tengo que cuidarme más que antes. Cada vez que doy un paso, ella me obliga a retroceder tres al descubrir mis planes.  Me miró desafiante; sabía que no había bebido el jugo de naranja.
— ¿estaba rico el jugo Ani? ¿Quieres más? Te hice mucho jugo, mucho jugo para que no trabajes tanto.
Una crisis de llanto y nervios se apodero de mí; comencé a sudar, a temblar sin poder detenerme, sentí nauseas, mareos, me dolían las entrañas.  Ella se acercó para consolarme, pero la empujé para que me dejará en paz. Solo sé que me desmayé, no recuerdo nada más. Desperté cuatro días después por todos los sedantes que me administraron para la crisis nerviosa, además de urgencia ¡me operaron de apendicitis! ¡Oh, sí estoy segura, me envenenó!
— Ani, yo te cuide mientras dormías ¡Ahora tú tienes que cuidarme para siempre! No puedes, no podrás librarte de mí jamás, jamás, jamás. — Oí sus amenazas  en mi mente. No la vi mover sus labios, me miraba desafiante mientras retumbaba en cabeza: jamás, jamás, jamás.
¿Cómo salvarme de la locura? ¡Estoy perdida, desquiciada! Las cadenas que entorpecen mis pasos no deseo verlas ni sentirlas más ¡Quiero mi vida! ¡Quiero recuperar mi vida! Entonces será ella o yo ¡Solo una puede vivir en este mundo, en esta tierra, en este infierno!
— ¿Ani, eso es lo que quieres? Tus cadenas de  metal son bellas ¡se ajustan perfectamente a ti! ¡Pronto cargaras más!
— ¡Maldita demonio! Déjame en paz  —grite descontrolada— ¡hasta que al fin me amenazas de frente!
Esta es mi última confesión:
Antes de que ella pudiera responder, la tome del brazo y la lance por la escalera. Observé atentamente cada golpe en los peldaños; no dejo de mirarme en ningún momento ¡Estoy segura de lo que vi!  Su mirada era la misma de aquellos demonios que veía cuando me abrazaba. Su rostro cambiaba, mutaba ¡no puedo explicar cómo! Pero dejé de sentir miedo; ya no me siento aterrada, ni me siento culpable por eliminarla. Ambas lo sabíamos: era la una o la otra. Por fin cayó al piso. Baje con gran dificultad por la  escalera gritando para que los demás oyeran que estaba ocurriendo un  accidente; las cadenas  pesaban mucho más que antes. Cuando llegué junto al pequeño cuerpo sin vida se veía angelical, sin golpes ni magulladuras; lo único diferente en ella es que ahora sus intensos ojos glaucos eran negros.
Y como ella lo predijo: — Tus cadenas de metal se ajustan perfectamente a ti ¡Pronto cargaras más!

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Comentarios

  1. Liz. Como empezar, espeluznante relato muy bien llevado hasta el final. Me atrapó hasta miré hacia atrás y sentí frío en la espalda. Habrá una segundsa parte?...
    UN abrazo.

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  2. Comparado con lo que escribes Terremoto Crazy es el Pato Donald.

    Besos.

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    1. es por eso que amo profundamente a Terremoto Crazy, junto a mi es el un terrón de azucar :)

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  3. Tremendo, me ha encantado. Enhorabuena Liz.

    Un beso querida ^^

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  4. ¡Qué relato!...No soy de relatos terroríficos y menos cuando se utilizan pequeños en tramas un tanto desquiciadas; pero me gusta que te hayas atrevido.
    Un abrazo Liz.

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    1. gracias, tampoco me gusta del todo pero era un ejercicio para mis clases de narracion!

      un beso

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  5. Espero tus comentarios sobre este cuento, Liz. Ansioso de conversarlo contigo.

    Abrazos.

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