PRÓLOGO DE DOLORES Y OTROS MALES POR PAMELA TIGHE, EDICIONES LIZ




Escribir acerca de este poemario es para mí un gran honor.  Fue durante el mes de agosto pasado que llegó a mis manos uno de los borradores de este libro y la primera impresión que tuve al hojearlo, esas impresiones primerizas que son pura subjetividad (y quizás con un cierto peligro de caer en la interpretación), fue que estaba ante un canto desgarrado, fecundo de versos que lograban estremecer y por qué no, llegar incluso a hacer arder los ojos del lector; que estaba ante mí el testimonio de una mujer, que no conformándose con exponernos su dolor, hurgueteaba en él, diseccionándolo en busca de la fragmentación, de la aniquilación y al mismo tiempo impregnándonos con el  anhelo de volverse algo completamente nuevo.

En la Primera parte de este libro, Dolores, la protagonista, nos va llevando poco a poco por este camino inherente a su nombre, envuelta por un abismante deseo de escapar de su insoportable carga y de encontrar un refugio, ya que se sabe ausente de sentido, hacia algún lugar en donde logre dicho amparo. Como plasma la autora en los siguientes versos:
“Aguardó hasta que el frío nocturno serenase el ardor provocado por las llagas,
Durmió bajo los astros con esperanza de mudar la piel”
y
“Cargan sus dedos las uñas destrozadas
que a fuego rasgaron la pared inútil de la habitación desierta”

Esa búsqueda de amparo nos conduce por paisajes oníricos, con imágenes marinas y nocturnas que contrastan con el rojo de las llagas y el fuego de Dolores. A través de estos paisajes, Dolores va trastabillando entre el anhelo de un ideal que ella sabe que no existe y el sueño de una muerte que no se alcanza, llevando su “materia tumbada” hacia el reconocimiento y afirmación de su padecer. Como queda ejemplificado en estos versos:

“Por ese flanco herido que la obligó a sostener sus propios órganos con las manos sucias
por esas palabras que le arrancaron los pájaros en los amaneceres solitarios
por aquellos silencios interrumpidos por el ladrido letal de perros callejeros
por esas gotas de lluvia que jamás deslizarán por su rostro cobarde oculto tras la ventana”.
Así seguimos avanzando entre versos con declaraciones implacables, en donde vamos visualizando que la sanación es posible, pero acompañada de una penitencia a perpetuidad (como consecuencia del amor que carga), la cual es consentida en el acto valiente de horadar hasta el rincón más profundo, deviniendo finalmente en la transmutación del dolor en algo nuevo, en creación que será belleza pura, como la de la naturaleza, siempre presente en la obra, ejemplificada en la figura de la mariposa o el tulipán.  Como se indica en el poema XI, en los siguientes versos:

“eres el tulipán renacido, cuyo pecho florecerá guerrero
sin heridas, sin sal
sin desgarrarte, sin despellejarte
con tus propias manos que un día fueron puñales”.

En el segmento final de este poemario, nos encontramos con Otros Males, cuatro poemas que a modo de Anexo, consiguen sellar de manera completa este libro. Estos poemas, pese a que se presentan de manera independiente de Dolores, dialogan permanentemente con la historia que le antecede, contribuyendo con su hablante en primera persona a una profundización de las imágenes y emociones de vacío y aflicción, tratadas a lo largo del libro, como nos muestran los siguientes versos:
“Cargo un cardo en la cuenca de los ojos,
lágrimas y espinas, pestañas húmedas;
heridos mis parpados suplican albergue
para mis huesos desamparados”.

Otro elemento que cabe destacar de esta obra, es que no podía haber encontrado una mejor correspondencia en las ilustraciones elaboradas bajo la técnica del Collage, potenciando la idea de deconstrucción presente en el poemario.

Finalmente, debo agregar que el mérito de esta obra radica, no solo en la expresión poética de un padecimiento  ciertamente  común a muchos seres humanos, principalmente al género femenino, y que lograría evocar en los presentes una identificación o una manifiesta visualización con los versos presentes a lo largo de esta obra;  sino que inmerso en ésta, nos encontramos cara a cara con la honestidad de una labor que muchas veces debe ser despiadada, necesaria para lograr acercarnos tanto al ser humano que deseamos ser, y casi indivisiblemente, en los poetas o quienes toman en sus manos esta dura ocupación, la elección de la fragmentación y la destrucción para volvernos mejores creadores e intentar lograr una relación más natural y limpia con el lenguaje. Y aunque nada nos garantice el resultado, el hecho de reconocernos a nosotros mismos como vulnerables y dolientes nos abre el camino a nuestro tan anhelado refugio, aunque éste sea tan solo el permanecer en los intentos.



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